30.5.15

Palimpsesto

   
Tan solo he leído los cinco fragmentosque publica El País de la versión en castellano contemporáneo del Quijote que ha escrito Andrés Trapiello, suficiente para no interesarme, porque allí ya se adivina que Trapiello se ha limitado a sustituir los arcaísmos con frases y palabras más o menos corrientes, a dejar sus huellas dactilares y a romper sin miramientos la música del original. Es decir, que huele a una versión disfrazada de original, a una impostura.
            Soy entusiasta defensor de las traducciones. A todos esos meapilas que repiten aquello del pálido reflejo del original habría que recordarles que un clásico habla siempre la lengua de nuestro tiempo, y que si Virgilio ha tenido a lo largo de los siglos una hermosa prole de traductores cuya última generación siempre sirve para que los lectores contemporáneos amen al autor antiguo, no se entiende por qué no puede ocurrirle a Cervantes lo mismo. De hecho le ocurre desde hace mucho tiempo, si bien se tiende a la adaptación, es decir, a la poda, mientras que Trapiello no se ha dejado una línea.
            En el mismo artículo, y como ejemplo de lo hecho por Trapiello,  se nombra, equivocadamente, el libro de Charles y Mary Lamb Cuentos de Shakespeare, el libro que, en efecto, han leído, desde el lejano Romanticismo, generaciones de ingleses que o bien después conocieron sus obras íntegras o bien ya siempre llevaron grabados en sus sentimientos a un buen puñado de mitos. Los Lamb escribieron cuentos a cuyos héroes les pasaba lo mismo que a los de Shakespeare, pero no cometieron la torpeza de reajustar el original porque entonces no habrían surtido ningún efecto. Llevo usando ese libro en clase unos cuantos años, desde que apareció la versión española, y es bueno porque son buenos los cuentos, no porque estén escritos al pie de la letra.
No basta con meter en el texto las notas a pie de página, que en el fondo es lo que ha debido de hacer A.T. para victoria final de Francisco Rico, quien lleva años asediando el texto, cultivando un ejército de ácaros eruditos que de momento se posaban como cagaditas de ratón en la limpia prosa de Cervantes, y que ahora ya se la han comido. Da la sensación de que el mismo Rico le haya encargado unos trabajos de escribanía con la vaga promesa de un sillón en la Academia.
Yo sí soy partidario de escribir una versión moderna del Quijote, pero no así. Quien abrió la senda buena fue Edith Grossman, en 2003, cuando publicó una traducción del Quijote con un inglés del siglo XXI, sin barnices arcaizantes. Fue un gran éxito de ventas en Estados Unidos, y sirvió para una de esas humoradas narcisistas de García Márquez, cuyas obras también había traducido Grossman: “Me han dicho que me pones los cuernos con Cervantes”, le dijo. El primer párrafo se podría traducir del inglés más o menos así:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un caballero de esos que tienen una lanza y un escudo antiguo en una percha y que guardan un caballo flaco y un galgo corredor. Un cocido de vez en cuando, la ternera más frecuente que el cordero, un revuelto casi cada noche, huevos y abstinencia los sábados, lentejas los viernes y el pichón de los domingos, y con esto consumía las tres cuartas partes de su renta. El resto se le iba en una túnica de lana fina y unos bombachos de terciopelo y calzas del mismo material para los días de fiesta, mientras que en los días de diario se distinguía con paño recio de color pardo.

La versión de Trapiello:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Consumían tres partes de su hacienda una olla con algo más de vaca que carnero, ropa vieja casi todas las noches, huevos con torreznos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos. El resto de ella lo concluían un sayo de velarte negro y, para las fiestas, calzas de terciopelo con sus pantuflos a juego, y se honraba entre semana con un traje pardo de lo más fino.

            ¿Cuál es la diferencia? Salvo la primera frase, imprescindible, y el hermoso corredor, he conseguido abstraerme de mi propia memoria y traducir del inglés lo que había traducido Edith Grossman del español. Incluso he mantenido las interpretaciones  discutibles, como la de vellorí  o salpicón, y he traducido acaso demasiado literalmente la traducción que da ella de duelos y quebrantos. Lo de Trapiello no es, propiamente, una traducción sino una aclaración escrita encima del original. Se ve a Cervantes por detrás de las franjas de typex sobre las que Trapiello ha escrito su versión moderna. Y, por otra parte, si un lector puede seguir el injerto de Trapiello, no veo por qué no habría de seguir igual de bien el original de don Miguel.
            La razón por la que en España disfrutamos más de Dickens que de Galdós es que a Dickens lo leemos traducido. Una traducción es un texto diferente, una interpretación enteramente nueva, una voz distinta que no es solo un doblaje. Traducir es salirse de un original y entrar en otro, no maquillarlo. Pero bueno, Trapiello dice que lleva catorce años escribiéndolo, y no seré yo el que afee un esfuerzo tan constante y meritorio ni quien desacredite lo que no ha leído. Ojalá, además del sillón de la Academia, le den la Medalla al Mérito en el Trabajo, que Trapiello luciría con empaque.

24.5.15

Al abrigo de Ferlosio


                El tormentoso fin de curso ha hecho que orillase los placeres barojianos para atender a más urgentes lecturas, pero en la travesía he llevado siempre un libro que se ha convertido en una especie de Kempis, en un libro de horas, casi en un misal. Se trata de Campo de retamas (pecios reunidos), de Rafael Sánchez Ferlosio, con el que no me recato de soltar discretas carcajadas en el tren o en la sala de espera de la consulta. Es verdad: hace tiempo que no me reía tanto con un libro, aunque ya se sabe que la risa del lector no suele ser producto de los chistes, que, al menos para mí, no tienen ninguna gracia (he intentado varias veces leer a Woodehouse o a Sharpe, o incluso al primer Waugh, y no he pasado de las primeras líneas). No; la risa del lector es más bien un acto de felicidad nacida de la admiración. Es el ingenio crítico, la capacidad observadora, la precisión brillante la que muchas veces nos hace reír con ganas. El propio Ferlosio, en un pecio que, como muchos otros, uno ha leído antes en algún otro sitio (y este, no sé por qué, me recuerda a El geco), echa una inteligente diatriba contra la odiosa simpatía, y se enfada hablando de lo fatuos y cargantes que resultan los simpáticos, siempre mintiendo, y esa seriedad con que Ferlosio avisa de la plaga me resulta mucho más graciosa que un monólogo cómico hecho para reír en lata. Se lo decía el otro día a unos alumnos que tenían que pronunciar un discurso ceremonial: el que hace reír no ríe, y el que hace llorar no llora.
               Pero a veces la risa es solo de admiración, de ojos fijos y tímida sonrisa, sobre todo en una clase de pecios que van salpicando el libro entero, los dedicados a describir un momento en la naturaleza de los animales, como aquellas cosas que escribía Fray Luis de Granada pero con toda la poesía de nuestra época. Recuerdo el pecio del castor que antes de morir quiere ver la luz con sus ojos ciegos, o del mastín que camina con la soga al cuello, rota por el peso antes de estrangularlo, y me acuerdo del cuento de los babuinos y me parece estar leyendo la más alta prosa de nuestro tiempo.


              Y aun otras veces esa risa es la de quien anda metido en un laberinto sintáctico pero está contento porque a pesar de todo el camino es el más lógico, eso que Savater, meneando la cabeza, llama prolijidad y que a mí me parece una forma de conocimiento. El modo de elocución determina el contenido de lo expresado, el registro cambia la naturaleza del mensaje, y esos pecios arduos, tan ricos en subordinaciones como densos de significado, no me llevan, como a Savater, al instintivo ramalazo de pensar que se podría haber dicho lo mismo con menos palabras, entre otras razones porque es el propio Ferlosio quien, cuando lo considera conveniente, utiliza con ejemplar salero el idioma más llano y directo; antes bien me parecen una forma de dignificar lo expresado y rescatarlo de una formulación banal que oculta más que aclara. Ese gran estilo ferlosiano saca las cosas de sus circunstancias, las eleva al rango de la poesía antropológica, un limbo en el que viven otras de muy diferentes épocas que no solo no han envejecido sino que siguen nombrando el mundo más allá del tiempo. Y si además lo hace con ese inconfundible estilo épico que le ha dado para piezas como El escudo de Jotán o El testimonio de Yarfoz, donde se mezcla la prosa de libro sagrado con la del manual de topografía, los pecios se convierten en obras maestras cerradas, frases esculpibles, un cuarto agradable al fondo del pensamiento donde nos sentimos al abrigo de la humillante superficie.
               Muchos de ellos proceden de la lectura de los periódicos, pero de una lectura muy particular. Así como Chomsky se dedicó a buscar toda clase de datos escondidos en los documentos públicos para comprender la estructura de lo que ocurre, Ferlosio busca expresiones, modos de decir, errores involuntarios, o falsos aciertos voluntarios, tópicos manidos, latiguillos, chapuzas subliminales, el rostro del mundo en lo que se dice y se escribe sin pensar en que se habla o se escribe, tan solo en lo que se quiere decir. A veces practica el senderismo de alta montaña con su amigo Agustín García Calvo, sobre todo cuando habla del futuro, y otras acude a lo más pernicioso, a las predicaciones absurdas que se enquistan en el habla de la gente y sin que se den cuenta les van entrando en el cerebro, o en las que llevan enquistadas mucho tiempo en la jerga jurídica (en la que Ferlosio es un artista) y que, por ejemplo, hacen que confundamos lo justo con lo moral.
               El otro día colgué en Facebook un pecio sobre los mítines. Aquí no voy a copiar ninguno porque los copiaría todos. Los pecios de Ferlosio tienen algo de judío como pueden tenerlo los cuentos de Borges, todos contienen una glosa ilimitada, sus formulaciones son tan redondas que se erigen en versículos paradigmáticos, en frases para entender eso u otras muchas cuestiones que de pronto comprendemos que en el fondo son iguales. La sensación de lucidez, de apertura es tan reconfortante como el momento, siempre perceptible, en que sentimos que nos está despareciendo una congestión nasal. En el campo de retamas de Ferlosio el aire llena los pulmones de alegría. Es el gozo intelectual, el espectáculo de la inteligencia, donde, en medio de todos sus melodías sintácticas y conceptuales, a uno no se le ocurre pensar que haya una mota de pedantería por ninguna parte, de limpio y repulido que está todo.
               Aún me quedan unas páginas para reírme a gusto esta semana, mientras mis congéneres pasan el dedo por la pantalla. Tiene 88 años Ferlosio. Antes de retirarse debería escribir unos cuantos pecios sobre el guásap, y eso que estos mismos pecios vienen, muchas veces, que ni pintados para la extensión que requieren las redes sociales. Estas bernardinas, por ejemplo, no caben en Facebook. Yo solo pongo un discreto vínculo al blog. Pero el otro día colgué el pecio de los mítines y todo fueron parabienes. Poner algo en las redes sociales es otro idioma, otro territorio con sus llanadas y sus cumbres, y ahí, todavía, como siempre, Ferlosio tiene mucho que decir.

Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas (Pecios reunidos), Ramdom House, 2015, 195 pp.

23.5.15

El mitin del artista


Ayer mañana, en la parada del autobús, la vecina con la que coincido todos los días, que trabaja en Servicios Sociales en el barrio de San Blas, me contaba que el primer concierto que hubo en Las Vistillas fue de Miguel Ríos, cuando Tierno Galván accedió a la alcaldía. Tierno Galván murió con 68 años. Miguel Ríos, con 71, ha vuelto a dar esta noche un concierto en Las Vistillas.
Esta vez no era por las fiestas sino por el cierre de campaña de IU, o más bien de su amigo Luis García Montero, que minutos antes estuvo dando un mitin. Nosotros hemos bajado cuando hablaba la candidata a la alcaldía, Raquel (estas son unas elecciones de nombres de pila), que no sabía dar un mitin. La viperina Aguirre le reprochó que no tuviera estudios. Miguel Ríos tampoco los tiene y ha dado un mitin mejor que el de Luis García Montero. De nada importan los estudios de Raquel. Importa que no sabe hablar, que lee sin intención, que aburre con tópicos manidos, que nadie la escuchaba. Es más, la gente estaba pendiente de que no se equivocase y terminara cuanto antes, igual que en la fiesta del colegio sale el alumno voluntarioso que no vocaliza y todo el mundo aprieta en silencio para que termine, da igual lo que diga. Una pena.
También había hablado, y nos dio tiempo a ver el mitin casi entero, el juez Baltasar Garzón, que se limitaba a hablar lentamente, como si estuviera dictando a unos alumnos, separando artificialmente las palabras, y rellenando los tiempos muertos con el ridículo todos y todas que luego, cuando habló el poeta, llegaron a su máxima y más absurda expresión. Pero Garzón tampoco sabe dar un mitin. Aquello era un rollo de frases correctas. Desde el punto de vista retórico, Pablo Iglesias ha ganado esta campaña por goleada, porque se ha limitado a respetar el abecé de la dialéctica mitinera: gritar no es hablar en voz alta, gritar es dar gritos, no subir la voz. García Montero se desgañitaba inútilmente con un equipo de sonido excesivo y casi daban ganas de decirle que bajase la voz, que le entendíamos bien, que no chillase frases que no eran gritos. El grito, y eso debería saberlo un poeta, es otra cosa. Pablo Iglesias habla en un ritmo dactílico isócrono que le permite instalarse en el grito permanente, y por eso sus mítines tienen la sintaxis del grito y la fluidez de los versos de Homero, que es el que usa el rimo dactílico: no sómos los únicos hártos de tánta injustícia…, tenémos que echár a los píjos de siémpre…,  y así sucesivamente, con una melodía rítmica que une las epopeyas antiguas y el rap de las plazas duras. En eso ha consistido el éxito de Iglesias, y parece mentira que un poeta tan rematadamente poeta como Luis García Montero no haya sido capaz de aprender la lección.
Antes de que terminase de hablar, de subir el tono para palabras que no son gritos, esto es, de chillar, nos hemos metido en la Trastienda a tomar unas cervezas, pero al salir ya habían terminado los lánguidos discursos y ya estaba actuando Miguel Ríos. No había mucha gente. Izquierda Unida es una reliquia de domingo en el Rastro, de sacos con bocadillos para la sentada, de tradiciones obreras que parecen asociaciones de coches antiguos, con una dirección descuajeringada y ni una sola persona que diga quién es y no es un buen candidato, con independencia de su linaje ideológico.
García Montero había dicho cosas aparentes, sencillas y emotivas, pero como no gritaba, como hablaba, y hablaba chillando, la cosa era forzada, innecesaria, un esfuerzo desgañitador perfectamente gratuito, trufado además hasta la parodia del género doble: “porque vosotros y vosotras tenéis hijos e hijas que todos y todas queremos que salgan adelante y adelanta”. Qué complicación hablar así, qué atraso. El idioma está por encima de la ideología, oiga.
El caso es que nos hemos vuelto a parar con Miguel Ríos. Llevaba un buen grupo y él estaba rechoncho y tarrete, con el cardado ceniciento y un muy medido bailoteo. Y cantaba de puta madre, y las canciones sonaban bien y uno tenía la sensación de que el público mitinero, el de los sacos de bocadillos, no estaba celebrando la consistencia del artista sino la esperanza del partido pobre. Muy bien, muy entero en el escenario. Compárese con Tierno Galván, de terno cruzado, más joven que Ríos y dictando discursos clásicos.
La música era buena, pero la sorpresa ha llegado al acabar la canción. Se le notaba jadeante del esfuerzo pero no ha dado un segundo de tregua al silencio, recuperaba las fuerzas sin dejar de hablar en el tono en el que debería haber hablado Luis García Montero, charlando, modulando, ahora bajo para una broma, ahora subo para una presentación, ahora grito una consigna, no la digo, la grito, y estalla entre el tono moderado como una flor en el prado. Yo he aplaudido un poco antes de comenzar la siguiente pieza, cuando ya se había recuperado y otra vez perneaba con estilo. He aplaudido el discurso, el buen discurso, el buen mitin del artista.

14.5.15

Bochorno y tiempo viejo



          Cinco de la tarde. No se mueve una gota de aire. El cielo está de un blanco sucio, de un blanco arenoso, calimoso, un cielo marciano sin nubes, y por la ventana entran acordes conocidos. Abajo, en el parque, Jaime Urrutia está templando y escupiendo, viejas canciones que me caen como el anticiclón lechoso, el pasodoble Delirios de Grandeza, la tarantela Al calor del amor en un bar, cuántas copas nos tomaríamos en el Cuatro Rosas, en la calle Fomento, con un retrato de Rafael de Paula que yo había visto antes en Atocha, en el bar Chenel, y que luego apareció por allí, poco antes de que Urrutia dejase tirados a sus compañeros de Gabinete Caligari y yo no volviese a comprar un disco suyo. Seguramente Urrutia firmó esas letras que ahora me suenan a tiempo revenido. Cuando deshizo el grupo argumentó que él no quería tocar Camino Soria cuando tuviese ochenta años. Bueno, va para los sesenta y lo sigue tocando, cuando lo contratan, en las fiestas de los pueblos como esta, porque San Isidro, afortunadamente, es una fiesta de pueblo, al menos en el entorno de las Vistillas. En Madrid pervive lo que en provincias lleva años extinguido. Si quieres ver una genuina tienda de ultramarinos, una taberna de verdad, con vermú de grifo y camareros con mandilón, no creo que, salvo acaso por el norte, se puedan encontrar muchos. Y lo mismo pasa con los bailes, en plazuelas, con guirnaldas y farolillos, y no esas discomóviles para hombres primitivos que se estilan por ahí.
          Así eran siempre los conciertos de Gabinete. Recuerdo uno en el parque de atracciones, en un rockódromo que a principios de los 90 ya estaba un poco gris, y otro, con Loquillo, en la calle Argumosa, en Lavapiés. La gente no encendía mecheritos. Levantaba el mini de cerveza y cantaba con ese caer de ojos y torcer de labios con que cantan los borrachos sentimentales. Pero aún estaban Ferni Presas (bajo) y Edi Clavo (batería). Era junio, quizá las fiestas de San Cayetano. Los músicos vestían como neorrealistas italianos, como muchachos de barrio, con el cuello de la camisa levantado y el cigarro en los labios, y una voluta de humo que se retorcía entre los tufos del flequillo. No eran verbenas mejores ni peores. Quién disfrutaría ahora de un baile con piezas de Santana, con un conjunto aficionado que tocaba los solos estilo bandurria porque la guitarra no estiraba las notas. Y quién disfrutaría ahora de un concierto de Bruce Sringsteen tanto como aquel muchacho que bailaba las lentas embriagado de champú. Y ahora, ¿quién baja ahora a ver a un Jaime Urrutia cargado de espaldas, como cilíndrico y sin cuello, esos cuerpos raros que se les quedan a quienes se empeñan en mantener el tipo, esos dientes enormes que se atornillan, esos caracolillos quebradizos como un pámpano seco?
Al concierto no, pero se me estaba acabando el tabaco y de camino me he parado a contemplar su estado. Esta socarrina extemporánea, este andar pesado, este sol hervido es tiempo casi en blanco y negro, quemado de luz. No, Jaime Urrutia sin Gabinete Caligari no me interesó jamás. Él no era la estética que tiempo después abandoné. En vista de cómo le sienta a Urrutia, casi que me alegro de haberme reconvertido en ciudadano transparente. La estética era la de Edi Clavo. Recomiendo un libro suyo, no el que acaba de sacar, sino uno de viajes que apareció en el 99, Grasa. Tengo aún fresco el viaje a una ciudad del norte para cambiar una moto por otra, quizá una Triumph del cincuenta y tantos, y volver tomando los curvones con cuidado. Era la estética sin sonrisa, posmoderna en el sentido de que se trataba de hacer lo que ya no se hacía, vivir en un tiempo sacado de carpetillas de discos en callejones industriales. Clavo escribía con la misma seriedad, sin alharacas, pero con un dominio de la contención que es el lugar borroso de donde nacen ciertas emociones intensas. Urrutia tenía buena voz, pero su estética me resultaba menos estable. Ferni Presas también practicaba el hieratismo, era el amigo larguirucho y silencioso de cuyo aplomo en circunstancias difíciles uno puede estar siempre seguro. Cada cual tenía lo suyo. No era Jaime & his band, que es lo que Urrutia hubiese deseado. Para mí que chocó con esa erudición pop, revisitada, que tan bien dominaba Clavo. Él, Urrutia, quería hacer otras cosas, pero ninguna tan distinguible. Recuerdo cuando salió Private, un disco que les dio mucha fama porque llevaba el sencillo de La culpa fue del cha cha chá. Estaban enfadadísimos porque el productor le había puesto colorines y pomadas a su estética de patilla de hacha. Cuando presentaban el disco era casi para renegar de él. Eso les hizo radicalizarse un poco en sus siguientes discos, en Cien mil vueltas, en Subid la música, hasta que su estética empezó a confundirse en el tiempo con aquella que homenajeaban.
 En fin, que bajé a por tabaco. Y ahí estaba Urrutia, dando órdenes, órgano segundo, por favor, sonriendo sin ganas, encendiéndose un pitillo al resguardo del aire que sigue sin moverse. Me pareció que el del bajo podría ser un Esteban Hirschfield (o algo así) que parecía Ken Loach (el Ken Loach actual) un sábado en el pub. Los demás eran músicos jóvenes. El batería tocaba sin estridencias, pero no era ese toque seco, serio, ágil y económico de los verdaderos especialistas, Clavo tieso como un palo con su camiseta blanca de tirantes, camiseta Marlon Brando, camiseta labrador.
Sigue siendo mayo a pesar del calor insoportable, sigue siendo San Isidro. Creo que el hermano de Jaime Urrutia es crítico taurino, y Jaime el rockero torero, ahora tan difícil de entender. Yo también iba entonces a las Ventas cada día. Me he chupado isidradas enteras, noches de cañas y rabo de toro por los aledaños de la plaza, la monótona mediocridad del pundonor, los destellos efímeros de gloria. Se te iba la juerga en soñar un momento, y el resto de la noche recordarlo con ojos caedizos y la boca ladeada, y un pitillo en la mano. Jaime Urrutia, por lo que he visto, no ha dejado de fumar. Yo tampoco. Es lo único que seguimos teniendo en común con el pasado. 
Parece que se menean las sábanas de la azotea de enfrente. El blanco enfermo del cielo está tomándose un poco de violeta, a ver si descarga una tormenta y se refresca un poco la tarde. Seguro que con aire limpio Cuatro rosas me sonará mejor.

1.5.15

Un cuento de antaño


De tanto leer a Pío Baroja, a veces se me olvida que hay otros autores, así que, en medio de las novelas escritas en guerra, nos hemos dado una tregua con otra de 1935, La nao ‘Capitana’, de Ricardo Baroja. La novela fue Premio Nacional en 1936, el último que se concedió antes de la guerra, y que luego se prolongaría con algún galardón suelto para sujetos de la calaña de García Serrano, hasta que, a partir de 1950, volviera a ponerse serio. El año anterior el premio había sido para un no tan joven Ramón J. Sender por Mr. Witt en el cantón, otra novela que merece la pena leer, con un jurado en el que figuraban, entre otros, Pío Baroja y Antonio Machado. En ese mismo año de 1935 Baroja leía su discurso de ingreso en la Real Academia.
            Ricardo Baroja ya estaba de capa caída. En 1931, con el fragor de la República, había perdido un ojo, y el que le había quedado sano era astigmático. Dejó de grabar y tardó algún tiempo en recuperar una visión suficiente para siquiera dibujar. En 1935, además, murió su madre. La célebre foto del entierro en Vera de Bidasoa da idea del momento en el que uno de los más grandes grabadores españoles de todos los tiempos escribió esta novela.
            Pero en un carácter inquieto e imaginativo como el de Ricardo Baroja no parece que hicieran mucha mella las desgracias a tenor de lo bien que se lo pasó escribiendo La nao capitana. Aparte de bien construida y trabajada, es una novela divertida, tanto por lo que se cuenta como por la contagiosa diversión de quien la cuenta. Más allá de la aventura, del rigor folletinesco de las novelas del mar, tan solo he percibido dos rasgos que no parecen fruto del buen humor: la nostalgia de un modo de escribir perdido y la defensa del autoritarismo imperturbable. Pero en ningún caso las nubes ensombrecen la novela, antes bien forman parte de su encanto.
            La novela narra la travesía que una fragata de la Armada Real Española emprendió en muelle de Sevilla rumbo al Río de la Plata, hacia los años 30 del siglo XVII. En ella va el capitán Diego Ruiz de Arcaute, una familia de nombres largos, con el hidalgo y su señora, Estrella, amén de las hijas de su primer matrimonio, Trinidad y Mencía. También va el viejo campesino castellano, valiente y seco, y el marinero del Bidasoa, intrépido y fiable. Va un nutrido grupo de mujeres que igual podrían estar en un cuadro de Gutiérrez Solana que en uno de Romero de Torres. Van galeotes, marinos corruptibles, y a última hora se cuela un personaje misterioso…

            

Y ocurre todo lo que tiene que ocurrir: la tormenta, el ataque de los piratas, la rebelión a bordo, el pasado tenebroso, el amor y la traición, el asesinato y el ajusticiamiento, incluso el suicidio, la caza de tiburones y las fiebres del trópico, los secretos y las confesiones, y para rematar una versión de la novela morisca que también tiñe de ironía el modelo del que partió y que en el fondo niega.
            La novela es muy teatral, muy Valle-Inclán en sus decorados y en la selección de sus palabras, sobre todo al principio, hasta que la nave va y Ricardo mantiene firme la velocidad de crucero barojiana. Se diría que del uno ha tomado esa nostalgia del decadentismo, de las primeras obras de su amigo Valle-Inclán, y para ello ha vuelto a donde entonces se solía: describir cuadros, más que escenas, y hacer música con palabras de sabor antiguo, en este caso un diccionario entero de léxico marinero que, a pesar de lo que pueda parecer, no resulta excesivo. Su hermano Pío tuvo mucho más cuidado en Los pilotos de altura con usar solo el necesario, pero Ricardo aquí se desmelena en la búsqueda de la frase sonora, que consigue sin menoscabo de la fluidez narrativa. No se me ocurre mejor maridaje literario, si así puede llamarse, entre dos escritores tan distintos como Valle-Inclán y Pío Baroja que esta novela, que no desentonaría en absoluto ahora en los rimeros de novela histórica. Tiene todo lo que ahora busca un editor, pero no en el grado fraudulento en que lo exige. A lo mejor esta novela está demasiado bien escrita para los gustos de ahora.
            Cualquiera hubiera pensado que Ricardo Baroja se dejaría llevar en algún momento por el giro precipitado, pero no: la novela está muy bien medida, con hilos internos que la atan (el inútil castillo de proa) y una historia bien dosificada. Ricardo describe acciones y vistas del mar, repasa minuciosamente el decorado, ensaya puntos de vista: el del juicio al moro intrigante y sus compinches, desde fuera, o el episodio de los latigazos, que parece sacado de Romance de lobos, en este caso con una sorprendente crueldad (como en el cañoneo de la chalupa de los piratas huidos del naufragio) que tiene también, ya digo, su interpretación política. Incluso utiliza un presente narrativo de raíz valleinclanesca que a la prosa le sienta como viento en popa. A pesar de lo minuciosamente documentado del atrezzo (sale hasta un camafeo pintado por Velázquez en sus años mozos), del lastre histórico, la novela no se hunde en ningún momento, antes bien vuela cuando las necesidades narrativas sustituyen a los caprichos estéticos.
            Pero el libro tiene más interés que el puramente literario, el de una forma de posmodernidad anticipada, de practicar un género que se añora con un estilo, distinto, que también se añora. Además de presentar una novela convincente por entretenida y bien armada, Ricardo Baroja la decoró profusamente, “con un medio muy de su predilección, consistente en tomar un cartón negro y dibujar o pintar sobre él con tinta china y pintura blanca, logrando de esta manera parecido efecto al de las xilografías”, según cuenta la solapa. Hay viñetas de varias clases: retratos de los protagonistas, siluetas de los tipos y marinas nocturnas de una expresividad muy llamativa, hermosas escenas a las que se le añade la admiración hacia quien sabe sacar tanta vida de instrumentos tan humildes. En todas se ve la mano maestra de su autor, esa soltura alla prima  que a veces falta en la novela, quizá, curiosamente, por exceso de trabajo. Claro que compensa cualquier defecto lo bien que se lo tuvo que pasar.


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